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Elegir universidad ya no es una decisión neutra: el sistema público español se ha estratificado

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Durante décadas hemos operado con una creencia cómoda: que la universidad pública española era un sistema esencialmente homogéneo. Que daba más o menos igual dónde estudiaras, siempre que eligieras bien la carrera.

Un estudio recién publicado por FUNCAS —firmado por Marta Martínez-Matute, María Teresa Ballestar, Jorge Sainz y quien escribe— pone a prueba esa creencia y analiza los datos administrativos de la cohorte de estudiantes 2015-2016 y su seguimiento laboral hasta 2023, con información del Sistema Integrado de Información Universitaria (SIIU) y de la Tesorería General de la Seguridad Social. Los resultados apuntan en una dirección clara: el «dónde» se estudia condiciona el salario y la empleabilidad tanto como la titulación elegida. El sistema universitario público ha dejado de ser plano para configurarse como una estructura jerarquizada, donde el centro de estudios actúa como un filtro determinante del futuro laboral.

El fin del «café para todos»

Lo relevante no es la diferencia entre carreras, que hasta cierto punto era esperable —las áreas con mayor empleabilidad estructural (Medicina, Ingeniería Biomédica) exigen notas claramente más elevadas y ofrecen salarios y tasas de afiliación superiores, mientras que disciplinas como Filosofía, Bellas Artes o Historia del Arte se sitúan en la parte baja tanto de la selectividad como de los retornos laborales—, sino la diferencia entre universidades que imparten las mismas titulaciones.

Los datos revelan una brecha salarial del 12,22 % entre los egresados de las universidades más eficientes y las menos eficientes. Los estudiantes de los centros de alta eficacia alcanzan un salario medio de 25.075 € tras sus primeros cuatro años de empleo, frente a los 22.288 € de los centros situados en la parte baja del ranking. Y estas diferencias no son coyunturales: persisten a medio plazo.


Cinco clústeres: de la alta eficacia a la paradoja de la exigencia

El análisis clasifica a las universidades públicas en cinco segmentos diferenciados, y aquí es donde aparecen algunos resultados que merecen reflexión:

  • Un 34 % de las universidades lidera la empleabilidad (lo que denominamos clústeres 1 y 2). Dentro de este grupo destaca un subconjunto especialmente interesante: centros con notas de acceso relativamente accesibles que, sin embargo, logran una inserción laboral récord del 63 %. Es decir, universidades que no seleccionan al alza, pero que generan resultados laborales excepcionales. Algo están haciendo bien.
  • Luego está el núcleo medio (clúster 3), que agrupa a casi el 30 % de los centros y mantiene un equilibrio moderado entre selectividad y resultados.
  • Y, finalmente, lo que hemos bautizado como la «paradoja de la exigencia» (clúster 5): un pequeño grupo de universidades —el 6,38 % del sistema— que exige las notas más altas (8,71 de media) pero ofrece una empleabilidad del 46 %, inferior a la esperada para tal nivel de selección. Universidades que filtran mucho en la entrada, pero no traducen esa criba en mejores perspectivas laborales para sus graduados. ¿Por qué? Esta es una de las preguntas que queda abierta y que creemos que merece atención.

Selectividad y heterogeneidad: una relación no lineal

Uno de los hallazgos metodológicamente más interesantes del estudio tiene que ver con la dispersión interna del sistema. En titulaciones con notas medias bajas —entre 5 y 7 puntos—, la heterogeneidad entre universidades es alta: los centros difieren mucho en perfiles, recursos y resultados. En cambio, en titulaciones altamente selectivas —entre 10 y 13 puntos—, la dispersión cae de forma abrupta. La alta selectividad actúa como un mecanismo de cribado que genera cohortes más homogéneas.

Dicho de forma más directa: los grados menos selectivos concentran la mayor varianza del sistema, mientras que los grados de alta nota de acceso funcionan como un segmento altamente competitivo e institucionalmente más uniforme. Esto está en línea con lo documentado por Arcidiacono et al. (2016) y Altonji et al. (2016) para el caso estadounidense, y con los trabajos recientes de Chetty et al. (2025) para Estados Unidos y Britton et al. (2022) para Reino Unido.

¿Hacia dónde va el ascensor social?

Los datos plantean interrogantes que van más allá de lo académico. Si las disciplinas con mayores retornos laborales exigen notas de acceso más altas, esto tiende a favorecer a estudiantes con más capital educativo y familiar. La diferenciación institucional que mostramos no es, en sí misma, un problema: existe en todos los sistemas universitarios avanzados, como muestran Chetty et al. (2025) para Estados Unidos o Britton et al. (2022) para el Reino Unido. El problema es que se produzca sin que los estudiantes y sus familias dispongan de información suficiente para tomar decisiones informadas, y sin que las políticas de financiación y apoyo compensen las desigualdades de partida. Como señalan Zhang et al. (2025), incluso cuando la educación superior sigue siendo una inversión rentable en términos netos, los costes de oportunidad —en tiempo y en deuda— se distribuyen de forma desigual entre perfiles de estudiantes. En España, donde el sistema de acceso es transparente y basado en criterios académicos, el reto no está en el mecanismo de selección, sino en garantizar que la información sobre retornos laborales llegue a todos los candidatos y que las políticas de becas y orientación permitan que el talento no quede condicionado por el origen socioeconómico.

VIDEO | La presentación completa del estudio, a la que asistió la ex secretaria de Estado de Educación y Universidades Montserrat Gomendio, además de los autores, se puede ver aquí.

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