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Una economía en transición

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Las políticas monetarias ultra-expansivas de los principales bancos centrales del mundo no logran reactivar la economía. Así lo avalan las últimas previsiones de la OCDE, que apuntan a un retroceso acusado del crecimiento en casi todas las economías avanzadas. Destaca el frenazo de la zona euro, con un crecimiento esperado apenas superior al 1% anual durante el bienio 2019-2020, sin que se perciba una reacción a las potentes dosis de estímulos monetarios que se vienen inyectando desde el año pasado. Los resultados de la economía española, aunque algo mejores, no se desmarcan de la tendencia a la desaceleración.

Los banqueros centrales esperaban más inversión, como consecuencia del abaratamiento de los costes financieros. Estos se han reducido hasta niveles desconocidos, prácticamente nulos en términos reales. Tanto las empresas que quieren expandir su capacidad productiva o modernizarla, como los particulares que adquieren vivienda, tienen acceso a préstamos a tipos que apenas cubren la inflación. Sin embargo, pasa lo contrario a lo esperado: la inversión se enfría en la OCDE y se detiene en la zona euro, con un crecimiento de apenas el 0,3%, cuando oscilaba en torno al 3,5% en años anteriores. Aunque en España la inversión tiene un mejor comportamiento, también experimenta una notable pérdida de vigor. Y en todos los países son las empresas menos viables las que más se benefician de la financiación barata —un riesgo inherente a la política de “dinero gratis”—.

Si el crecimiento palidece pese al despliegue del arsenal monetario, sería erróneo achacarlo únicamente al proteccionismo o al brexit. Sin duda estos factores juegan un papel importante en el estancamiento del comercio internacional —un determinante de la inversión— que castiga nuestras exportaciones. Según los datos de aduanas, las ventas en el exterior de las empresas españolas crecieron hasta septiembre un escaso 1,6% en comparación con un año antes. Sin embargo, en plena guerra de aranceles, las exportaciones hacia EE UU se expandieron un 6,2%, mientras que las ventas en Reino Unido lo hicieron un 3,7%. Lo que falla es el mercado de Europa continental. Las exportaciones españolas que tienen como destino la zona euro avanzan apenas un 1,1%. Este no se debe al aumento de los costes laborales —que se han movido en línea con los principales competidores—, sino que se trata de un fenómeno compartido con los países vecinos.

Gráfico 1

Gráfico 2

Fuentes: OCDE, Markit Economics y Funcas (previsiones para España).

En su diagnóstico de la japonización de la economía global, la OCDE apunta a la poca reactividad de la política fiscal, un factor ya muy comentado, pero no menos cierto especialmente en Europa. Las evaluaciones de la Comisión Europea acerca de los planes presupuestarios muestran que la política fiscal no está acompañando la labor de la política monetaria en aquellos países donde existe un margen. Grupo en el que Bruselas no incluye a España, por no haber realizado el esfuerzo en su momento. El saldo presupuestario, corregido por el ciclo, no sufre grandes variaciones, es decir, que no apoya la coyuntura, incluso en Alemania y Holanda que sí gozan de una situación saneada.

«Para salir de la espiral de la desaceleración no nos queda otra que invertir en la transición tecnológica y en el cambio de modelo energético».

Raymond Torres

Otro factor, nuevo en ese diagnóstico, es la transformación estructural que conlleva la necesaria adaptación a la revolución tecnológica y al cambio climático. Estas adaptaciones son ineludibles, y las empresas empiezan a asumirlas. Sin embargo, también surgen las incertidumbres que caracterizan los periodos de transición, algo que unido a un horizonte normativo por definir, podría estar desanimando la inversión. Muy pocos gobiernos han logrado un consenso social en torno a la creación de un fondo de inversión para facilitar esas transiciones, medidas de acompañamiento de la movilidad con políticas activas de empleo eficientes, y la instauración de un impuesto al carbono a la altura de los desafíos. Para salir de la espiral de la desaceleración no nos queda otra que invertir en la transición tecnológica y en el cambio de modelo energético. Estos son objetivos que han dejado de ser contradictorios, a condición de articular la política fiscal con reformas concebidas con una visión de futuro.

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