Logo Funcas

La tasa de emancipación juvenil, en mínimos históricos

Comparte esta entrada

Sin llegar a los máximos del final del ciclo expansivo que culminó en 2007, las tasas de ocupación de los jóvenes (autóctonos) de 25 a 34 años han crecido apreciablemente en los últimos años, tanto la de los varones como la de las mujeres, pero su tasa de emancipación ha caído hasta mínimos, probablemente, seculares. 

Tomando como categoría característica de esa población el segmento de 25 a 34 años y centrándonos en los nacidos en España, su tasa de ocupación en 2025 (cuarto trimestre) fue del 80%, la más alta de la serie desde 1987 junto con la de 2007 (gráfico 1). Ese máximo se debe al gran crecimiento de la ocupación femenina: la masculina se sitúa 6 puntos porcentuales por debajo de la de 2007. De hecho, hoy las tasas de ambos sexos son prácticamente indistinguibles, partiendo de una brecha de 39 puntos porcentuales en 1987. 


Una mejora tal, de cierta duración, en las tasas de ocupación ha solido traducirse en las últimas décadas en un aumento, con cierto desfase temporal, de las tasas de emancipación, es decir, en el porcentaje de jóvenes que ya no vive con sus padres. Sin embargo, esto no resulta nada obvio en la actualidad. 

La tasa de emancipación de los jóvenes autóctonos de 25 a 34 años está hoy, probablemente, en uno de los niveles más bajos de los últimos ciento treinta años, nivel solo superado, a la baja, en 2021, como resultado de la depresión económica ocasionada por las medidas restrictivas contra la pandemia del nuevo coronavirus. En 2025 no vivía con sus padres el 46% de los varones nacidos en España de ese tramo de edad, cifra que ascendía al 55% de las mujeres. Ambas cifras apenas superan las mínimas del todo el recorrido.


La probabilidad de estar emancipados a esas edades se ha desplomado desde comienzos de los ochenta, como resultado, en buena medida, de los sucesivos choques económicos, especialmente perjudiciales para el empleo juvenil: la crisis de los setenta y los primeros ochenta; la de 1993-1995; la de 2008 a 2013; y la derivada del frenazo económico adoptado por la pandemia. 

Las fases alcistas de los ciclos económicos, si han sido de corta duración, apenas han contrarrestado esa tendencia a la baja. No lo hizo en absoluto la de 1985 a 1992. Y sí, por el contrario, la de 1996 a 2007, prolongada y con un gran crecimiento de la ocupación y de los salarios reales de los jóvenes, aunque sus efectos en la recuperación de la emancipación juvenil tardaron unos ocho años en notarse. La crisis subsiguiente deshizo el camino andado, también con cierto desfase. La recuperación económica y el aumento de las tasas de ocupación (gráfico 1) desde 2012 no han conseguido detener la caída en la emancipación, que sigue sin remontar pese a que la tasa de ocupación lleve trece años creciendo, con la interrupción de la crisis asociada a la pandemia.

Al mismo tiempo, la evolución de los ingresos de la población autóctona de 25 a 34 años no se ha acompasado del todo a la recuperación de la ocupación. Cabe comprobarlo con los datos de renta neta individual de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV). El ingreso medio de ese segmento de población apenas era en 2024 un 7% superior, en términos reales, al mínimo estimado para 2014, y era un 33% inferior al estimado para 2007 (gráfico 3). Y tampoco debe de haber ayudado mucho a la emancipación el incremento de los precios de la vivienda, que crecieron un 65% entre 2014 y 2024, frente al aumento del 31%, en términos nominales, de la renta neta individual media. 


La tendencia secular a la caída en la tasa de emancipación de los jóvenes se ha reestablecido en los últimos cuarenta años, tras el hiato de los años sesenta y setenta (gráfico 2). En esas décadas, el gran aumento de la emancipación fue el correlato de los movimientos migratorios. Finalizadas las migraciones, volvió a asentarse nuestro patrón tradicional de emancipación tardía con residencia cercana al hogar de la familia de origen. El cual es, a su vez, la base de nuestra respuesta habitual a las crisis económicas que, en los últimos cincuenta años, se han cebado especialmente con el empleo y/o los ingresos de los más jóvenes. “Ya escampará; mientras, quedémonos a resguardo en casa de los padres”. No es la cultura vivida más apropiada para sostener una sociedad arriesgada e innovadora, y menos en estos tiempos de cambio e incertidumbre, ni para emprender una recuperación sólida de la natalidad, algo muy difícil si los jóvenes abandonan cada vez más tarde el hogar paterno.

Comparte esta entrada