El INE publicó la semana pasada los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) de 2025, cuyos datos de renta se refieren al año 2024. En sus cifras y tendencias se centra el documento de “Análisis social” de Funcas, publicado hoy. Sus cifras confirman una trayectoria favorable y sostenida en los principales indicadores de bienestar material y desigualdad en España. El índice de Gini desciende a 30,8, la tasa de riesgo de pobreza cae al 19,5% (y al 16,3% si tenemos en cuenta el umbral fijo de 2007), las dificultades para llegar a fin de mes se reducen al 20,6% y la carencia material severa, al 7,6%. En varios de estos indicadores se alcanzan los niveles más bajos desde 2007, lo que sugiere que España ha recuperado el terreno perdido durante la Gran Recesión. Es decir, todos los indicadores de bienestar material y de desigualdad han mejorado en el último bienio (gráfico 1), en consonancia con el crecimiento económico.
Sin embargo, esta lectura optimista admite matices relevantes. Por una parte, persisten brechas sustantivas según la edad de los miembros del hogar, con mayores dificultades en hogares con niños, adolescentes y jóvenes. Los hogares con menores de 16 años presentan una tasa de riesgo de pobreza (28,5%) que casi duplica la de los hogares con mayores de 65 años (16,4%). Más revelador aún, mientras en 2013 los hogares con menores multiplicaban la tasa de riesgo de pobreza con umbral fijo por 1,3, en 2024 la multiplican por 1,5, lo que sugiere que el proceso de polarización etaria de los últimos lustros no ha finalizado del todo, apuntando a cambios sustanciales en la estructura de riesgos sociales. Los mayores están protegidos por un sistema de pensiones generoso y estable, y sus rentas no han perdido poder adquisitivo. Sin embargo, las familias con niños dependen, sobre todo, de ingresos laborales que no han crecido al mismo ritmo, al tiempo que soportan una estructura de gasto con mayor peso de los gastos fijos, por lo que han sufrido más intensamente la presión inflacionaria de los últimos años.
Por otra parte, habría que diferenciar entre los indicadores monetarios y los de capacidad de consumo o gasto. La evolución positiva resulta especialmente notable en los monetarios, es decir, los de desigualdad de ingresos y de riesgo de pobreza, que están basados en los ingresos familiares, que llevan años aumentando, en compás con las tasas de ocupación. Sin embargo, los indicadores basados en el consumo o el gasto, los de carencia material, presentan una trayectoria menos favorable. Esta divergencia responde a dinámicas temporales diferentes: los ingresos corrientes pueden volver a crecer y recuperarse relativamente pronto con la nueva fase expansiva del ciclo económico, pero la capacidad de los hogares para restablecerse tras las crisis u otros momentos de dificultad económica requiere más tiempo. Necesitan varios años de ingresos estables para recobrar sus niveles previos de ahorro, saldar deudas o reponer bienes duraderos.
Así, la carencia material severa (7,6%) se sitúa aún por encima del 7,1% de 2014, y su nivel es muy superior a los previos a la Gran Recesión, lo que evidencia que los efectos de la crisis, aún en 2025, no están plenamente superados. A la prolongación de las consecuencias de la crisis se le ha añadido el impacto del shock inflacionario de los últimos años, que ha dañado especialmente la capacidad de bastantes hogares para cubrir necesidades básicas y que explicaría que entre 2020 y 2023 la carencia material aumentase a pesar del crecimiento económico. Particularmente preocupante resulta que más de un tercio de la población (36,4%) declare no poder afrontar gastos imprevistos, indicador que incluso ha empeorado en 2025, revelando la carencia de colchón económico de muchos hogares y su vulnerabilidad ante la irrupción de cualquier shock económico. Por su parte, aunque la incapacidad para mantener la vivienda a temperatura adecuada ha descendido del máximo histórico del 20,7% (2023) al 15,9% (2025), este último dato sigue siendo muy elevado si lo vemos con una perspectiva temporal amplia.
En resumen, el análisis de la ECV de 2025 confirma que España ha transitado de una fase de deterioro a una de recuperación gradual en términos de bienestar material. No obstante, esta recuperación es asimétrica en cuanto a la edad e insuficiente, a la vista de algunos indicadores, para revertir plenamente los efectos acumulados de las dos últimas crisis. Para que la mejora estadística se traduzca en una mejora sustantiva y sostenible de las condiciones de vida de los hogares resulta imprescindible atajar la persistente pobreza infantil y reducir la fragilidad financiera de amplios sectores de la población.













