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Hay que acertar con la dosis

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Ganar la confianza de las familias y de las empresas será uno de los principales retos para la política económica durante esta crisis, y para ello conviene elevar la envergadura de las medidas de urgencia. Porque, rodeados de una enorme incertidumbre acerca de su futuro, las personas y otros agentes privados están teniendo un reflejo de supervivencia que consiste en comprimir al máximo su gasto —cuando no han caído en la pobreza o la quiebra—. Este comportamiento debería relajarse algo con la desescalada, lo cual liberaría una parte del gasto embalsado por falta de opciones. Sin embargo, la reacción de precaución puede ser bastante persistente y erosiona la capacidad de rebote de la economía.

Desde el inicio del estado de alarma el principal indicador de consumo privado se ha desplomado un 15%, mientras que los ingresos salariales se reducían en menos de la mitad, gracias al efecto amortiguador de los ERTE. Sin posibilidad de acudir a los comercios, las familias que han logrado mantener un cierto poder adquisitivo han pospuesto gastos que seguramente se producirán cuando las restricciones se aligeren (renovación del automóvil, reposición de aparatos domésticos, reformas de la vivienda).

Sin embargo, más allá de la demanda embalsada, es probable que la recuperación del consumo no sea total y que se produzca un incremento del ahorro de precaución ante el miedo a perder el empleo, la aparición de nuevos focos de pobreza y la incertidumbre inherente a la evolución del virus. Por ello, tanto la Comisión Europea como la mayoría de analistas prevén un aumento sin precedentes de la tasa de ahorro de las familias.

Gráficos

LAS FAMILIAS Y LAS EMPRESAS COMPRIMEN EL GASTO MÁS DE LO QUE CAEN SUS INGRESOS

Fuentes: INE y Funcas.

Las empresas también se orientan hacia una mayor cautela, porque las perspectivas económicas son excepcionalmente inciertas y las decisiones de inversión requieren de un mínimo de confianza en el futuro. No es sorprendente que las compras de bienes de equipo sean las que más hayan acusado el impacto de la crisis: en marzo, el índice de producción industrial para ese sector se desplomó nada menos que un 27%.

«Conviene, por tanto, elevar la escala de las medidas ya decididas, en línea con los nuevos planes de estímulo que se están poniendo en marcha en Alemania, Francia e incluso Italia, que acaba de anunciar medidas de gasto y reducción de impuestos por 55.000 millones».

Raymond Torres

La inversión se contrae con más intensidad que los ingresos que las empresas obtienen por su actividad. Así pues, las ventas de las grandes corporaciones —que se considera un buen indicador de la cifra de negocios del sector— registraron en marzo un descenso del 13%. Con todo, se prevé que el impacto desproporcionado de la crisis sobre la compra de bienes de capital se prolongue durante buena parte del presente ejercicio. Así pues, si bien muchas empresas desaparecerán (en abril se produjeron 5.000 bajas netas a la Seguridad Social, que se añaden a las 85.000 registradas en marzo), las que sobreviven lo harán comprimiendo su esfuerzo de renovación de la capacidad productiva, y utilizarán el remanente para desendeudarse o acumular activos financieros.

En suma, el sector privado está incrementando su capacidad de financiación en cantidades ingentes que podrían alcanzar cerca de 63.000 millones de euros. De esta constatación se pueden extraer dos conclusiones cuasi matemáticas de política económica. Una, que en la fase de confinamiento en la que nos encontramos, y a falta de un impulso externo que no se espera a corto plazo, la política fiscal es el único instrumento disponible para frenar la recesión, y que esta no se contagie al sector financiero mediante una cascada de cierre de empresas. Conviene, por tanto, elevar la escala de las medidas ya decididas, en línea con los nuevos planes de estímulo que se están poniendo en marcha en Alemania, Francia e incluso Italia, que acaba de anunciar medidas de gasto y reducción de impuestos por 55.000 millones.

En segundo lugar, durante la próxima fase que se abrirá con el desconfinamiento, el impulso fiscal que se necesitará será inversamente proporcional a la confianza que se haya generado entre las familias y las empresas. Por tanto, apretar ahora con más firmeza sobre la palanca fiscal para mejorar las expectativas, generar una senda de recuperación autosostenida, y ahorrar recursos públicos más adelante.


Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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