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¿Economía sin parlamento?

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Decía el gran tenor Luciano Pavarotti que la ópera tiene el poder de despertar las emociones. Pero señalaba que esas sensaciones debían estar previamente en el público, que las personas las deben tener dentro para que el espectáculo las haga surgir. Sin contar con el predicamento social que tuvo el gran divo de Módena, el nuevo Gobierno de España, si no puede hacer su propia representación operística, debería aspirar al menos a introducir las emociones de los cambios que el país necesita en los ciudadanos. Es una pedagogía difícil pero muy necesaria y en los últimos tiempos los partidos políticos no han ayudado mucho a ella.

Lo que ha acontecido en nuestro país ha sido muy rápido, más para propiciar un reemplazo que una mayoría parlamentaria. Se apunta a políticas que no tienen por qué gustar siempre a aquéllos que han apoyado el cambio de ejecutivo y será complicado articular sacar a delante votaciones. Lo acontecido el lunes en el Senado sobre los Presupuestos es una señal de las dificultades. Ahora estamos pendientes de las posiciones en el Pacto de Toledo. En todo caso, el Parlamento llevaba ya un tiempo, como ocurre en general en la mayor parte de los partidos políticos, con escaso apetito por las reformas. Se puede justificar esa escasa ambición reformista por muchas razones, destacando el gran temor de los partidos políticos al castigo electoral por aprobar medidas, que pueden ser muy necesarias, pero que, sin pedagogía, tienen mala venta entre el gran público. Así pasó con una buena idea —al menos para que fuera motivo de debate— como era el contrato único para el mercado laboral. Tiene muchas ventajas objetivas —también dificultades prácticas— pero a pesar del elevado paro, no se llegaron nunca a debatir en serio. Difícilmente se plantearán a corto plazo.

«El espacio para el gobierno está en la originalidad y la bravura. Podría, por ejemplo, promover debates y hacer esa necesaria pedagogía. Sin grandes apoyos parlamentarios pero instruyendo pueden generarse otras mayorías».

Creo que hay espacio para ofrecer cambios ya que, desde el punto de vista estratégico, puede que se compatibilicen tres situaciones. Primero, que los mercados permanezcan tranquilos porque hay presupuesto, inercia en el crecimiento y parece garantizada la estabilidad fiscal y financiera. Si esa estabilidad se viera amenazada, habrá suficiente presión para enmendar cualquier desviación. Segundo, puede que no haya grandes reformas pero tampoco había expectativa de que se dieran anteriormente, por lo que hay, como gran paradoja, una sensación de continuidad. Tercero, el espacio para el gobierno está en la originalidad y la bravura. Podría, por ejemplo, promover debates y hacer esa necesaria pedagogía. Sin grandes apoyos parlamentarios pero instruyendo pueden generarse otras mayorías. Bien por apoyo de otros partidos más adelante o bien electoralmente si se convence a sectores influyentes de la población de la necesidad de relanzar materias como la ciencia, la energía o la educación.

Todo ello, en un momento en el que la competitividad internacional la marca el sector tecnológico, la energía ha propiciado un mundo geoestratégico nuevo en el que España parece estar en medio de ningún sitio y en el que el desajuste entre educación y mercado de trabajo puede ser sustancial en segmentos poblacionales no preparados para la digitalización.

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