La escalada de la tasa de inflación en marzo, en más de un punto porcentual, hasta el 3,4%, ha sido el primer dato macroeconómico que hemos conocido sobre el impacto de la guerra en Oriente Próximo. Pero el mal resultado no solo ha sido consecuencia del encarecimiento de los productos energéticos a causa del enfrentamiento bélico, sino también de factores endógenos, como revela el inesperado ascenso de la inflación subyacente –la que excluye a los productos energéticos y alimentos no elaborados–.
El aumento de esta última, que ya se encontraba en tendencia alcista desde mediados de 2025, hasta el 2,9%, no parece estar ligado, salvo quizás en una muy pequeña cuantía, a las consecuencias de la guerra –por ejemplo, se han encarecido los vuelos internacionales, pero los nacionales han bajado de precio–, lo que pone de manifiesto la persistencia de importantes presiones inflacionistas estructurales preexistentes, a las que ya se hizo mención en esta misma tribuna a comienzos del año. Así, en marzo, la tasa de inflación de los bienes de consumo no energéticos se elevó hasta el 1,6%, cifra muy alta para este grupo, mientras que, en los servicios, se elevó hasta el 3,7%. De hecho, nuestra tasa general de inflación se sitúa en torno a un punto porcentual por encima de la media de la eurozona desde hace medio año, con el riesgo que ello supone de pérdida de competitividad. La mayor fortaleza de la demanda, derivada del auge del turismo y del crecimiento poblacional, son probablemente los principales factores que explican este diferencial.
En contraste, los productos alimenticios, que a lo largo de 2025 habían mostrado también preocupantes presiones inflacionistas, en marzo registraron un resultado sorprendentemente bueno. No obstante, su tasa sigue siendo muy elevada, y aún está por ver el impacto del encarecimiento de los fertilizantes y los combustibles. En la anterior crisis de 2022, la reacción de los alimentos a la subida de precios de los insumos derivado de la guerra de Ucrania fue relativamente rápida, duplicando su tasa de inflación en apenas dos meses. No obstante, las circunstancias ahora son algo diferentes. En aquel momento, la disrupción afectó a varias materias primas agrícolas además de los fertilizantes. Además, la economía aún estaba en fase de rebote tras la pandemia y el consumo exhibía un gran vigor con un importante volumen de ahorro acumulado, mientras que, ahora, aun manteniendo la demanda una gran fortaleza, se encuentra en fase de desaceleración, por lo que esperamos un menor impacto.
La situación es muy incierta e inestable, y la evolución de la inflación y de la economía en su conjunto, estarán muy condicionadas por los acontecimientos en el Golfo Pérsico. Son muchos los posibles escenarios, entre ellos, un conflicto prolongado con el agotamiento de algunos combustibles, como el queroseno y el gasoil, lo que nos conduciría a una situación tan inédita e impredecible como lo fue en su día la pandemia.
Este artículo se publicó originalmente en el diario La Vanguardia.

