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Nueva geopolítica económica

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Brexit, ataques terroristas en Francia, golpe de Estado en Turquía, tiroteos en Estados Unidos… Muchos ciudadanos se preguntan por qué determinados acontecimientos hasta ahora impensables o altamente improbables acechan, con relativa frecuencia, a países en los que, supuestamente, la calidad institucional debía haber alcanzado cierta madurez. La envergadura y frecuencia de este tipo de hechos se multiplican y su impacto en la economía es considerable. De un modo más o menos certero, todas las previsiones económicas radican en distribuciones de probabilidad pero los errores de predicción, lejos de disminuir, han aumentado. La parte más impredecible de esas distribuciones (riesgos residuales o tail risks) ha engordado en la medida en que lo ha hecho la incertidumbre geopolítica.

No se trata sólo de cuestiones que afecten a la economía puesto que su impacto social es brutal. Pero llama la atención que casi todas las previsiones económicas sean más optimistas a corto que a largo plazo. Eso tiene mucho que ver con el peso que factores geopolíticos poco predecibles pueden tener en los próximos años: donde hay estabilidad, la posibilidad de perderla; donde hay cohesión, la amenaza de desintegración. Los mercados también son conscientes de este nuevo entorno de imprevisibilidad y cada soplo de incertidumbre es un bofetón para los índices bursátiles. El 11-S en EE UU fue el inicio, lo que vemos ahora es la expansión de la incertidumbre. Lo que queda pendiente es su consolidación.

«La desigualdad, la pérdida de calidad laboral y la falta de referencias políticas de liderazgo están minando la moral social y afectando negativamente a las expectativas».

Hay, al menos, tres aspectos de este incómodo nuevo «normal» que parecen incontestables: El primero, la frecuencia de los shocks crece; el segundo, se están incorporando al mundo «desarrollado» problemas que pensábamos exclusivos de otros países en desarrollo (falta de credibilidad institucional, inestabilidad política, terrorismo en masa, corrupción); y el tercero, una más que probable reversión de la globalización, con un avance del populismo y de las propuestas políticas desintegradoras. A largo plazo, estos factores imponen una regresión del crecimiento económico y una pérdida de confianza y cohesión social.

No es que sea ésta la primera vez en la historia que las convulsiones políticas determinan un retroceso económico y social pero hay un riesgo de que ocurra. Y no todo surge como consecuencia de un orden internacional difícil de sostener. La desigualdad, la pérdida de calidad laboral y la falta de referencias políticas de liderazgo están minando la moral social y afectando negativamente a las expectativas. Y la socialización de la información (debidamente rigurosa y filtrada o no) hace que muchos de estos temores se extiendan de forma aún más acelerada.

Países como España no están exentos de estos problemas. Nada de lo que sucede en Francia, en Reino Unido e, incluso, en Estados Unidos debería resultarnos ajeno porque casi todo lo que nos sorprende allí, podría algún día suceder aquí. Al margen de lo que ya pasó en nuestro país, que no es poco. Sorprende, en este contexto, el escaso o nulo debate sobre el papel de España en la esfera internacional, sobre qué se puede hacer, qué se puede proteger y qué no se puede demorar.

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