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La inversión recibida de EE UU y China: mensajes versus hechos

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Desde que regresó al poder, el presidente Trump ha ejercido diversas presiones sobre Gobiernos y empresas del mundo entero para que refuercen su presencia en la economía norteamericana, contribuyendo a devolver los empleos de calidad supuestamente destruidos por la globalización. Pero de momento el objetivo no parece haberse alcanzado, al menos en lo que se refiere a los grandes países europeos, entre otros España. 

Los recursos invertidos el año pasado por empresas españolas en EE UU, o salidas de inversión directa extranjera, ascendieron a un poco más de mil millones de euros. Esto es ocho veces menos de lo que habían invertido durante el tan denostado mandato de Joe Biden. La tendencia es similar en otras grandes economías de la UE como Francia e Italia, si bien Alemania, con un incremento acusado de sus envíos transatlánticos de capital productivo, es una excepción notable. 


En la otra dirección, desafiando los anhelos de la Casa Blanca, las empresas norteamericanas han reforzado sus posiciones en el Viejo Continente. Su inversión en el tejido productivo español, o entrada de inversión directa extranjera, superó los 9.000 millones en el pasado ejercicio, más del doble que durante la era Biden. De manera similar, la Unión Europea en su conjunto ha recibido un flujo creciente de capital procedente de la primera potencia mundial.

De todo ello se deduce que la política de incentivos enmarcada en el Inflation Reduction Act de la administración demócrata ha sido mucho más eficaz para apalancar inversiones que las presiones geopolíticas, al menos de momento. Lo cual no sirve como argumento para que Europa eche las campanas al vuelo, ya que pese al empuje involuntario procedente de EE UU, la Unión Europea sigue perdiendo capital productivo. Y también la economía española, con unas salidas de capital que superan de manera recurrente el volumen las entradas: el año pasado la exportación neta de activos productivos rozó los 16.000 millones. 

En otras palabras, la Unión Europa dispone de recursos abundantes en forma de ahorro, que no logra movilizar en su economía. El remanente, o exceso de ahorro sobre la inversión, se exporta hacia países terceros que compiten con nuestras propias empresas. El déficit europeo de inversión, sobradamente conocido gracias al informe Draghi, es particularmente perjudicial en el contexto actual de transformación tecnológica y de transición energética, que requieren un mayor esfuerzo de modernización y adaptación. 

Nuestro país intenta paliar la brecha enviando órdagos a la otra gran potencia tecnológica que es China. Ahora bien, frente a las buenas intenciones en sectores tan relevantes como el coche eléctrico, la realidad es que el gigante asiático sigue ocupando un puesto discreto en el ranking de inversores tanto en Europa como en España. 

Todo ello nos devuelve al problema de fondo, que radica en los frenos internos a la inversión, particularmente las incertidumbres generadas por el encadenamiento de prórrogas presupuestarias y el agotamiento de los fondos europeos. Tampoco ayuda la sucesión de anuncios de Bruselas –antes la unión de capitales, ahora la unión del ahorro y la inversión— que no llegan a materializarse, ni sacian la sed de financiación de proyectos innovadores o su escalabilidad.  

En el seno del mercado único, la economía española dispone, no obstante, de focos de competitividad, como lo muestra el saldo neto positivo de la balanza de inversión directa extranjera entre España y el resto de la UE. El sector 

de servicios no turísticos, que agrupa las actividades profesionales, financieras, información y telecomunicaciones, entre otras ramas, es un potente polo de atracción. En torno a este sector gravita el 30% del total de proyectos de inversión directa en España, y le sigue la energía con cerca del 12%. Una ventana de oportunidad se dibuja para Europa ante la inseguridad que trasladan las políticas de Trump; la escasez de reformas la diluye. 

INVERSIÓN | La inversión directa de China en la economía española ha ido escalando posiciones, situándose todavía en niveles reducidos. En 2025, el volumen invertido en nuestro tejido productivo se elevó a cerca de 350 millones, según los datos de la balanza de pagos, casi cinco veces más que antes de la pandemia. A pesar de lo cual las empresas asiáticas apenas aportaron el 1,3% del total de inversión extranjera directa, lejos del 37% de sus homólogas norteamericanas. Por otra parte, las cantidades invertidas en China por las empresas españolas son también modestas.  

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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