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La desaceleración se toma una pausa

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La expansión de la economía española resiste mejor de lo anticipado. Según las estimaciones del INE, el crecimiento habría alcanzado el 0,7% en el primer trimestre, dos décimas más de lo previsto por la mayoría de analistas que componen el Panel de Funcas, en su valoración de marzo. En ritmo anual, el avance del PIB sería del 2,4%, apenas una décima inferior respecto a 2018.

Gráfico 1

Además, aparecen algunas alteraciones en los factores del crecimiento. El consumo privado se frena con intensidad, pese al intenso incremento del empleo y de las remuneraciones salariales. Esto podría indicar que los hogares empiezan a ajustar su gasto a la evolución de su renta disponible, y que la tasa de ahorro de las familias podría haber quebrado la senda descendente que hacía temer un incremento de la deuda de los hogares.
La pérdida de dinamismo del consumo privado se compensa con el mantenimiento del consumo público y la aceleración de la inversión tanto en bienes de equipo, como, en menor medida, en vivienda. Por otra parte, el comercio exterior estaría aportando actividad, en vez de drenarla como en trimestres anteriores.

Gráfico 2

Si bien estos datos apuntan a un crecimiento más equilibrado, las cuentas externas muestran señales inversas. Durante los dos primeros meses, la balanza por cuenta corriente, que mide la diferencia entre ingresos y pagos frente al exterior, arrojó un déficit significativamente superior al registrado un año antes. Así pues, se confirma la fuerte contracción del superávit externo, que es uno de los principales sustentos de la confianza en nuestro tejido empresarial.

Para los próximos trimestres, se anticipa que la economía retome la senda de desaceleración. Ante un ahorro en mínimos, las familias podrían estar ajustando sus decisiones de consumo durante un periodo prolongado. A eso se añade el encarecimiento de los precios de la electricidad y de la gasolina, que merman el poder adquisitivo. El consumo público, por su parte, podría moderarse para contener el déficit público —con datos hasta marzo, el desequilibrio de las cuentas públicas se habría disparado—. Asimismo, la inversión de las empresas perderá aire, por su estrecha relación con las exportaciones y lo mismo ocurrirá con la inversión residencial, como es de esperar teniendo en cuenta el encarecimiento de la vivienda.

Si bien la salida de España del procedimiento de déficit excesivo es ya una certeza que se confirmará en pocas semanas, no se esperan avances en la contención del déficit estructural.

Raymond Torres

La evolución del comercio exterior es incierta. La tímida recuperación en la eurozona, nuestro principal mercado de exportación —un 0,4% de crecimiento en el primer trimestre, o un 1,2% anual— está rodeada de riesgos, como la presión sobre las primas de riesgo en Italia, la insuficiencia de los estímulos presupuestarios en Alemania, el impacto de las revueltas sociales en Francia y un Brexit interminable. Además, el alza del precio del petróleo y la persistencia de tensiones comerciales internacionales seguirán pesando sobre la balanza externa, por lo que cabe esperar una nueva reducción del superávit externo.

Naturalmente, la ralentización se notará en los ingresos públicos, algo que, junto con un gasto expansivo, se trasladará al déficit de las administraciones públicas, que apenas bajaría dos décimas este año, hasta el 2,3%, por encima del objetivo inicial. Así pues, si bien la salida de España del procedimiento de déficit excesivo es ya una certeza que se confirmará en pocas semanas, no se esperan avances en la contención del déficit estructural. Las medidas contenidas en el plan de estabilidad enviado a Bruselas en fechas recientes modificarían el panorama presupuestario, a condición de aprobarse.

En suma, la buena noticia es que el crecimiento podría rondar el 2,2% este año, una décima más de la anterior previsión, lo que permitiría crear 350.000 empleos netos y bajar la tasa de paro hasta cerca del 13% a finales de año. Lo preocupante es la rápida contracción del superávit externo, en un contexto fiscal expansivo. Y una economía necesitada de reformas que incrementen la productividad y contengan las desigualdades.

Fuentes de los gráficos: INE, Eurostat y Banco de España.

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