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Globalización sin respuestas

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Las reuniones del G20 destilan, cada vez más, insuficiencia y desconcierto. La que se acaba de cerrar en Hangzhou (China) ha revelado especialmente impotencia ante la realidad de que el crecimiento mundial se desacelera. En el ring de los proyectos de grandes acuerdos comerciales, el Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) es el último que se tambalea, cercano al KO. La globalización puede haber encontrado algunos de sus límites naturales que tienen más que ver con el lógico agotamiento de parte de sus ventajas que con las críticas al todo bastante poco fundamentadas.

El TTIP tiene dos grandes problemas. El principal es que quiere ser una respuesta a la caída de las cifras agregadas de comercio y crecimiento mundial pero beneficia de forma desproporcionada a las grandes multinacionales en un momento en el que, además, la fiscalidad a la que éstas se encuentran sujetas es motivo de discusión y, en algunos casos, de indignación. El otro problema es político. El otoño-invierno electoral —al que España parece sumarse— afectará a naciones como Alemania o Estados Unidos y el TTIP se ha convertido en el muñeco de pimpampum que quieren derribar la mayor parte de candidatos.

La globalización ha aportado grandes beneficios pero el problema está en considerar que es la respuesta para todo. Su aplicación como solución multiusos revela tremendas contradicciones. Por ejemplo, hemos visto en Hangzhou a un presidente chino propugnar la lucha contra la desigualdad. Desconcertante. Los países no pueden vender como común lo que no tienen en casa.

«Estados Unidos saca pecho de su combinación de política monetaria en grandes y rápidas dosis y estímulos fiscales. Es, desde luego, la mezcla que mejor parece haber funcionado. Pero muchos norteamericanos tienen hoy peores condiciones laborales que antes de la crisis».

También hay quienes tratan de redefinir la globalización en solitario, lo que es una contradicción en sí mismo. El principal ejemplo es el Brexit. Theresa May ha encontrado en el G20 la respuesta a sus titubeos. Estados Unidos y Japón no están dispuestos a renunciar al mercado de 500 millones de consumidores de la UE que Reino Unido se arriesga a despreciar. Las políticas de freno de la inmigración hacia Gran Bretaña tendrán que ser bastante más suaves de lo que los fans del Brexit pretendían si no quieren enfrentarse a un escenario comercial muy distinto al que creen que pueden lograr.

También es el G20 un foro para evaluar el resultado de las políticas contra la crisis. Estados Unidos saca pecho de su combinación de política monetaria en grandes y rápidas dosis y estímulos fiscales. Es, desde luego, la mezcla que mejor parece haber funcionado. Pero muchos norteamericanos tienen hoy peores condiciones laborales que antes de la crisis. La división política del país no parece avalar el aparente éxito económico y deja abierta una vía no despreciable al populismo.

Los que siguen viendo la globalización como el mal que explica todo deben tener en cuenta que la desigualdad no ha aumentado a escala global sino que se ha reducido, a pesar de las tendencias en algunas economías avanzadas. Pero la globalización precisa de más coherencia y, probablemente, de mayor modestia en la búsqueda de grandes cifras de crecimiento y comercio. Si quieren respuestas a lo que está pasando con la economía mundial, no las van a encontrar en el G20. Pero sí todas las posibles contradicciones.

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