La guerra con Irán ha supuesto para Washington un recordatorio de que incluso la mayor potencia militar del mundo necesita aliados para afrontar operaciones complejas, proteger rutas estratégicas y dividir costes. Pero, al mismo tiempo, el conflicto también ha incrementado las fricciones con varios socios europeos, especialmente tras las restricciones al uso de bases militares, lo que ha generado malestar incluso entre sectores tradicionalmente favorables a la OTAN dentro de la base republicana. El propio Trump ha insistido en su discurso crítico con la organización, presentándola como poco útil para los intereses estadounidenses al considerar insuficiente la ayuda europea.
En este contexto de discrepancias entre socios, el presidente ha jugado con la idea, incluso, de abandonar la Alianza Atlántica; una posibilidad, sin embargo, lejana desde una perspectiva legal. La Constitución estadounidense no aclara si un presidente puede retirarse unilateralmente sin autorización del Congreso, lo que previsiblemente abriría una batalla judicial e incluso la intervención del Tribunal Supremo de Estados Unidos. Otro factor que juega en contra de esta opción es la profunda integración militar entre Estados Unidos y la OTAN: Washington mantiene tropas, bases, equipos e infraestructuras en Europa plenamente conectadas con los mecanismos aliados. Deshacer esa arquitectura exigiría tiempo, recursos y una complicada renegociación diplomática.
El abandono de la OTAN tampoco generaría beneficios automáticos. El ahorro presupuestario sería limitado, ya que Estados Unidos tendría que seguir financiando una enorme capacidad militar por su cuenta. De hecho, Trump ha planteado un presupuesto de defensa de 1,5 billones de dólares, un aumento de más del 40%.
Igualmente poco verosímil resulta la idea de prescindir de aliados. La propia OTAN pone límites a medidas drásticas. Ningún país ha sido expulsado de la OTAN, ni el Tratado de la Alianza contempla esta posibilidad, como lo demuestra el precedente turco. Pese a las fuertes disputas con aliados, realmente no existe un mecanismo de suspensión o expulsión.
Lo que es obvio es que, sin ruptura, el resultado es una OTAN más tensionada. En este entorno enrarecido, Washington podría optar por medidas informales: menor cooperación y presión diplomática o pérdida de influencia dentro de estructuras aliadas. En este caso, aunque la cooperación con Europa continúe, lo haría de forma más improvisada, menos eficiente y basada en acuerdos puntuales.
La edición de mayo de Funcas Inteligence tratará este asunto con mayor profundidad.

