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Enigmas de una expansión que pierde vigor

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La intensidad de la fase de desaceleración que está atravesando la economía española depende de la evolución de los mercados externos, muy afectados por la acumulación de riesgos comerciales y geopolíticos, pero también de nuestra capacidad interna de resistencia. Y esta nos depara algunas sorpresas.

Las exportaciones apenas progresan, en línea con lo esperado habida cuenta del parón europeo y de “accidentes de mercado” como el colapso de Thomas Cook, que en 2018 trajo a nuestro país más de 3,6 millones de viajeros. Además, todo apunta a un aterrizaje de la economía de China menos suave de lo anticipado. Pekín se muestra cauteloso en su política de estímulos para moderar el endeudamiento, contener la incipiente burbuja de crédito inmobiliario y no poner en peligro la estabilidad financiera. También se reserva un margen de maniobra, por si las tensiones con la Administración de Trump se intensificaran. El resultado es un crecimiento menor de lo esperado, tal vez por debajo del 6% en 2020, lo que aleja la posibilidad de una recuperación del comercio internacional.

Lo inusual es el estancamiento de las importaciones. Hasta julio, el valor de las compras de bienes y servicios producidos en el extranjero se incrementó un paupérrimo 0,4%. Esto es cuatro veces menos de lo que cabía esperar, teniendo en cuenta que las importaciones suelen crecer a un ritmo superior a la demanda y que esta se incrementa en torno al 1,5% anual. Esto significa que las empresas españolas están ganando cuota en su propio mercado. El favorable posicionamiento en términos de costes laborales así como una cierta diversificación del tejido productivo no son ajenos a este buen resultado.

Gráfico 1

Gráfico 2

Fuentes: Comisión Europea, INE y Funcas.

La fragmentación del mercado interno, fruto de la aparición de marcos normativos que difieren entre comunidades autónomas y que se multiplican sin mucha racionalidad económica, podría también afectar el posicionamiento de las empresas extranjeras. Según un análisis del Banco de España, las comunidades autónomas emitieron en 2018 cerca de 8.400 normas (esto es, el 70% del total de producción normativa) contra 6.000 en 2000 —algo que podría explicar el débil crecimiento de la productividad—.

«El índice de confianza del consumo mantiene su firmeza y el principal indicador de ventas incluso apunta a una leve aceleración. El incremento de los salarios en torno al 2%, un ritmo todavía ligeramente inferior al registrado en otros países europeos, podría explicar esta tendencia».

Raymond Torres

De momento, y como consecuencia de lo anterior, el sector exterior está aportando actividad, compensando el agotamiento de algunos de los principales componentes de la demanda interna. Entre ellos destaca la fuerte desaceleración de la inversión residencial, que está avanzando a un ritmo anual inferior al 2%, menos de la mitad de lo previsto. Así pues, ni los bajos tipos de interés, ni la fuerte demanda social de vivienda han logrado mantener el vigor de la inversión. Las incertidumbres globales y la menor entrada de inversión extranjera podrían haber pesado más, a la vez que anuncian el fin del ciclo alcista en el mercado de la vivienda.

En sentido inverso, el consumo de los hogares parece resistir. El índice de confianza del consumo mantiene su firmeza y el principal indicador de ventas incluso apunta a una leve aceleración. El incremento de los salarios en torno al 2%, un ritmo todavía ligeramente inferior al registrado en otros países europeos, podría explicar esta tendencia. Asimismo, la inversión en bienes de equipo parece haberse desacoplado de la anemia exportadora, gracias a la elevada rentabilidad de las empresas, avalada por los últimos datos de la Central de Balances. El esfuerzo de equipamiento podría seguir creciendo a tasas relativamente elevadas —aunque en retroceso con respecto a ejercicios anteriores—, manteniéndose en cotas superiores al 10% del PIB por cuarto año consecutivo.

En suma, algunos factores positivos compensan parcialmente un panorama ensombrecido por el deterioro del contexto global y un fin de ciclo que se aproxima. Pero la desaceleración continúa, y no olvidemos que desde finales de la década de los ochenta nunca se ha logrado crear empleo con tasas de crecimiento por debajo del 2%. Una pauta que, con reformas y una apuesta por el empleo de calidad, no tiene por qué repetirse.

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