La brecha entre el momento dulce de la economía española y su percepción social, quebradero de cabeza del actual ciclo expansivo, podría estar ampliándose. A nivel agregado, la actividad hace mejor que resistir ante las amenazas internacionales, ya que todo apunta a que el PIB ha tomado aire durante una primavera marcada por el conflicto en Oriente Próximo, el shock de precios de materias primas y el proteccionismo comercial.
Las encuestas que toman el pulso de la coyuntura en tiempo cuasi real apuntan incluso a una sorprendente aceleración. Los indicadores de facturación empresarial son consistentes con un rebote reciente tras el golpe inicial de la guerra, en consonancia con el tirón del mercado laboral. Incluso descontando el efecto de la regularización de inmigrantes, la afiliación a la Seguridad Social sigue avanzando al mismo ritmo que antes del estallido de la conflagración. Además de la construcción y del turismo, pulmones habituales, los servicios no turísticos consolidan el ensanchamiento de la base del crecimiento. Y los últimos datos de producción industrial apuntalan la mejoría, asentada en una doble fortaleza: la incorporación de población activa y la competitividad del tejido empresarial.
No obstante, para buena parte de la ciudadanía, el día a día dibuja un panorama distinto. El consumo parece estar perdiendo vigor tanto en términos agregados como descontando el bum demográfico ligado a la inmigración, según se desprende de la ralentización del volumen de ventas minoristas y el frenazo de los pagos por tarjeta, en un contexto de deterioro del clima de confianza del consumidor. Descontando la inflación, las remuneraciones salariales apenas han crecido en lo que va de año, o incluso registran retrocesos, conforme a los datos de salarios pactados en convenios colectivos. La tendencia quiebra la senda de recuperación observada en los últimos dos años, sustentando la percepción de descuelgue con respecto a la pujanza de la macro, déjà vu de lo que ocurrió tras el estallido de la guerra de Ucrania.
El desacoplamiento podría ser aparente, ya que el PIB está un poco inflado por el adelanto de pedidos y la acumulación de inventarios, reacción lógica de las empresas para prevenir el riesgo de ruptura de suministros generado por las disrupciones del tráfico marítimo y el cierre del estrecho de Ormuz. A medida que las tensiones amainan y el comercio internacional se normaliza, la necesidad de acumular stocks se irá disipando, lo que mecánicamente restará actividad en los próximos trimestres. El resultado es que el crecimiento de la economía española, tras el repunte previsto en el segundo trimestre, podría moderarse en el resto del año, dejando todavía buenas sensaciones para el conjunto del ejercicio.
Por razones simétricas, el comportamiento precautorio de los consumidores podría ser transitorio si la desescalada de los precios energéticos se confirma y su traslado a la cesta de la compra se disipa. Así, el consumo iría de menos a más en el transcurso del año, tras el bache de la primavera.
Más allá de estos movimientos en acordeón, persisten los obstáculos al traslado del avance de la economía al poder adquisitivo de las familias. El mercado laboral funciona a pleno rendimiento, logrando incorporar a cientos de miles de trabajadores extranjeros en unos pocos años, y su productividad se eleva, pero no lo suficiente. Asimismo, el empleo no refleja la mejora tendencial del nivel educativo de los jóvenes, lo que redunda en fenómenos de sobrecualificación y emigración de talento. También hay que contar con la merma de capacidad de compra de los colectivos que soportan la escalada del precio de la vivienda y de los alquileres.
De no abordar estas disfunciones, no solo se desperdiciará una oportunidad de mejorar el modelo productivo o su impacto social. Con el tiempo, la inercia también acabará lastrando el propio ciclo expansivo.
INMIGRACIÓN | El proceso de regularización de inmigrantes está empezando a incidir en los datos de afiliación a la Seguridad Social. En junio, el número de afiliados aumentó en 79.000, casi el doble de lo habitual en ese mes (con cifras desestacionalizadas por Funcas). Un resultado que se explica por la incorporación de extranjeros, con un incremento de 70.000. Los 9.000 restantes, correspondientes a afiliaciones de trabajadores nacionales, marcan una tendencia a la desaceleración. Por otra parte, las altas asociadas a la regularización ascienden a 159.000 con datos oficiales hasta finales de junio.
Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

