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El papel del Estado ante la sucesión de crisis

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El fin anunciado del orden económico global establecido tras la Segunda Guerra Mundial trae consigo cambios en los mecanismos de ajuste macroeconómico, de gran relevancia para nuestras políticas públicas. En los manuales de economía, se aprende que los Estados pueden ejercer un papel eficaz de respaldo a los hogares y a las empresas en los momentos de debilitamiento coyuntural, y restar fuelle a la demanda cuando la economía tira por sí sola o la inflación se dispara.

Sin embargo, la acción contracíclica de la política presupuestaria se ve constreñida por una doble realidad. En primer lugar, la vulnerabilidad de las cadenas globales de suministro, en un contexto de erosión del sistema multilateral, obliga a un esfuerzo de inversión para ganar autonomía estratégica, independientemente de la coyuntura. Por ejemplo, Alemania ha optado por incrementar el gasto en defensa, y ajustar el gasto social, aun cuando se enfrenta a un riesgo de recaída económica. Todo un desafío para el modelo social europeo. 


En segundo lugar, el elevado endeudamiento público de muchos países dificulta la respuesta a las crisis que se suceden a un ritmo acelerado como consecuencia de las tensiones geopolíticas. Así, ante una escalada de precios de materias primas como la que se ha desatado tras el estallido del conflicto en Oriente Medio —y cuyo impacto todavía se prolongará mucho tiempo después de que se acaben las hostilidades— resulta eficaz prestar apoyo a los sectores más afectados de modo que sobrevivan al shock, pero sin impedir el ajuste (es decir, sin anestesiar la señal de precios).

Esto se logra con transferencias a esos sectores, algo que en la práctica agrava el déficit, como ocurre con las medidas acometidas por España en respuesta a la guerra de Irán. Esta estrategia se justifica si el gasto facilita el crecimiento futuro, logrando los recursos suficientes para asegurar la sostenibilidad de la deuda.

Y efectivamente es un hecho que en los últimos años nuestra deuda nominal ha crecido de forma continuada, si bien la ratio sobre el PIB se ha reducido en 13 puntos porcentuales desde el inicio de la guerra de Ucrania, gracias al buen momento de la economía española. A diferencia de Francia, que, pese a haber acumulado pasivos a un ritmo similar, conoce un crecimiento escaso, o incluso nulo en el último trimestre, lo que explica que la ratio de deuda sobre PIB se haya incrementado en más de 4 puntos. El resultado es que el Gobierno galo se ve incapacitado para tomar medidas de alivio en esta ocasión, pudiendo incluso verse abocado a ajustes traumáticos, además en el peor momento.  

De manera coincidente, tanto los hogares como las empresas parecen haber asumido que los Estados disponen de un margen de acción limitado, lo que se traduce en una acumulación de ahorro financiero. En España, el excedente alcanzó el año pasado nada menos que 69.100 millones de euros, cifra que equivale al 4,1% del PIB. Es probable que este año el ahorro disminuya, evidenciando la capacidad contra-cíclica del sector privado: el repunte de la inflación augura una pérdida de poder adquisitivo que los hogares podrían compensar ahorrando menos para así sostener su gasto en consumo. Las empresas podrían proceder de manera similar y no sacrificar la inversión, pese al encarecimiento de los costes energéticos y de otros suministros.

Ahora bien, la capacidad estabilizadora del sector privado tiene fecha de caducidad, y si los agentes percibieran un conflicto prolongado en Oriente Medio, ajustarían su comportamiento de consumo e inversión rápidamente a la baja. Es por esta razón que una subida abrupta pero transitoria de los precios energéticos solo llevaría a una ralentización de la economía española, mientras que una tensión prolongada provocaría un parón en la segunda parte del año. De ahí la importancia de mantener un colchón de política fiscal como dique de contención de los vaivenes internacionales. 

ACTIVIDAD | El impacto de la crisis del Golfo Pérsico en la economía española está siendo contenido, aunque con señales dispares. La afiliación a la Seguridad Social sigue avanzando a un ritmo elevado, a tenor de los datos de abril. Y el indicador PMI de actividad en la industria repuntó en el mismo mes, si bien en parte por el fenómeno de adelanto de pedidos ante el riesgo de ruptura de suministro. Por su parte, el PMI de los sectores de servicios sufrió un fuerte descenso hasta niveles consistentes con una contracción de la actividad.

Este artículo se publicó originalmente en el diario El País.

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