Los bancos centrales se enfrentan en estos días al clásico dilema de cómo reaccionar ante un aumento de la inflación derivado de un encarecimiento del petróleo. Si deciden subir los tipos de interés, pueden inducir un efecto contractivo sobre la economía que amplifique el ya ejercido por el propio aumento del precio de esta materia prima. Los detractores de esta respuesta consideran que no tiene sentido endurecer la política monetaria cuando el origen del problema inflacionario no se encuentra en la fortaleza de la demanda o en un mercado de trabajo tensionado, sino en un shock exógeno. En el pasado ya hubo situaciones en que los bancos centrales elevaron los tipos de interés ante una subida del precio del crudo, para retractarse pocos meses después. Así sucedió en 2011, cuando, en un contexto de crisis en Europa, el precio del petróleo se disparó por encima de los 120 dólares como consecuencia de la Primavera Árabe. El BCE elevó dos veces los tipos de interés, revirtiendo las subidas pocos meses después, en lo que supuso un reconocimiento implícito de que había cometido un error, con la consiguiente erosión de su reputación.
Cuestión distinta es que el precio del petróleo suba, no debido a un shock exógeno, como puede ser un acontecimiento geopolítico, sino por causas endógenas, es decir, como consecuencia de una fuerte demanda mundial en un contexto económico global expansivo. Este fue el caso durante el proceso de apertura de la economía mundial tras la pandemia. A lo largo de 2021, y ya antes de la invasión de Ucrania, el precio del crudo se encareció hasta situarse un 37% por encima del nivel previo al Covid, como resultado de una demanda embalsada desbocada (la guerra supuso un shock exógeno que exacerbó la presión sobre un mercado ya tensionado). Esto, unido a las disrupciones en el tráfico marítimo y en las cadenas de producción (también relacionadas con el vigor de la demanda mundial) comenzó a disparar la inflación general ya en la primavera de 2021, y la subyacente en el otoño. Sin embargo, en dicha ocasión, en la que sí hubiera estado justificado actuar, la respuesta del BCE fue enormemente lenta, y no elevó los tipos hasta julio de 2022, dañando nuevamente su reputación.
El contexto y las decisiones del BCE
Los defensores de subir tipos ante un shock inflacionista exógeno argumentan que es necesario para evitar que se desanclen las expectativas de inflación, ya que, si se prolonga, comenzará a transmitirse hacia los salarios generando una espiral de estanflación (es decir, de inflación y estancamiento económico). Esto tiene sentido, aunque es muy importante tener en cuenta si el contexto inicial es de bonanza o de debilidad económica o la posible duración de la perturbación. El BCE tendrá esto último muy en cuenta y por ese motivo probablemente esperará antes de tomar una decisión. En definitiva, los bancos centrales se encuentran en una difícil situación en la que tienen que hacer complicados equilibrios para evitar que su respuesta dañe aún más a la economía, ya sea por exceso o por defecto.
Este artículo se publicó originalmente en el diario La Vanguardia.

